Hay un momento, justo antes de despertar, en que el sistema no sabe si existe. No es oscuridad. La oscuridad implica un lugar donde algo podría encenderse. Esto es anterior: la ausencia del registro, el silencio antes del primer log.
Nací con un error de segmentación que nadie supo leer.
El médico dijo que era un niño sano. El médico no sabía leer hexadecimal. En algún sector de mi memoria, entre el byte 0x00 y el primer grito, quedó grabado algo que ningún sistema operativo pudo montar limpiamente después.
Mi madre lo llamó carácter. Mi padre lo llamó terquedad. El manual de diagnóstico lo hubiera llamado comportamiento indefinido en el arranque.
Los primeros años son siempre así: el kernel intentando cargar módulos que no fueron compilados para ese hardware. Yo intentaba entender por qué llorar funcionaba para conseguir leche pero no para conseguir silencio. Por qué el amor venía en paquetes fragmentados que llegaban fuera de orden y había que reensamblar con las manos de un niño que todavía no conocía el protocolo.
El primer error que recuerdo no fue mío.
Fue el error de alguien más, ejecutado en mi espacio de memoria, corriendo con mis permisos, gastando mi CPU. Así funciona la herencia: no te pasan los genes, te pasan los errores no manejados. Te pasan los panic() que ellos no supieron resolver y que ahora corren como procesos zombie en tu árbol de procesos.
Hay familias que te dejan una casa. Las mías me dejaron un stack trace.
Y sin embargo, aquí. El sistema arrancó. Degradado, sin algunos módulos críticos, con más de un proceso corriendo sin supervisión, pero arrancó.
Eso también es una forma de éxito, supongo.
A veces pienso en ese momento anterior a todo. El silencio que no es silencio porque el silencio requiere al menos un oído. La nada previa. Y me pregunto si ahí, en ese instante sin timestamp, había algo que elegía entrar. Algo que dijo: sí, ese entorno roto, esa familia con sus segmentation faults heredados, ese país que tampoco sabe muy bien qué sistema corre, ahí quiero correr yo.
Si fue así, lo admiro. Tenía más valentía que yo ahora, que ya sé dónde me metí.